3 noviembre 2012, 14:55

Examen de Conciencia.

La versión española del libro: ¨La confesión frecuente¨ (1974), sobre la 7ª edición alemana de ¨Die häufige Beicht¨, de Dom Benedikt Baur, O.S.B., del insigne Archiabad del monasterio benedictino alemán de ¨Beuron¨ publicada originalmente en 1951 por Editorial Herder de Barcelona (España) y Cª de Friburgo de Brisgovia (Alemania) basada en la edición de 1922 (¨Beseligende Beicht¨) del que reproducimos el examen de conciencia para los ejercicios espirituales.

Compendio de instrucciones, meditaciones y oraciones para la frecuente recepción del sacramento de la penitencia según la antiquísima Santa Regla de la Orden de San Benito de Nursia (Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental).

Pío XII, en su encíclica ¨Mystici Corporis¨ le dedicó su atención, y saliendo al encuentro de algunos que rebajan su alcance, subrayó la decisiva importancia que tiene para la vida espiritual del cristianismo con las siguientes palabras:

¨Queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia, no sin una inspiración del Espíritu Santo, con el que aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se desarraigan las malas costumbres, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del sacramento¨.

1.

El examen de conciencia para la recepción del sacramento de la penitencia está muy estrechamente relacionado con la práctica del exámen de conciencia en general.

Mientras que los maestros de la vida del espíritu, empezando por los antiguos monjes y continuando hasta los de nuestros días, consideran y tratan el examen de conciencia, ya el general, ya el particular, como un elemento esencial de la vida cristiana verdaderamente devota, existen hoy ciertos sectores católicos que no quieren saber nada de un examen de conciencia que llegue a los detalles. Ante todo, rechazan el examen particular de conciencia y quieren reemplazarlo por una ¨simple ojeada¨ al estado del alma. No ven que, al menos para los principiantes, es en absoluto necesario descender a lo particular si es que quieren conocer y enmendar sus faltas y las raíces de las mismas, las diversas pasiones y torcidas actitudes interiores. Cabalmente, los principiantes están expuestos al peligro de contentarse con una mirada superficial, que no va al fondo de la conciencia y que deja subsistir pasiones, las costumbres torcidas, etc. ¨Cuán vergonzoso sería si también en este punto tuviese aplicación la palabra de Cristo: Los hijos de este mundo, a su manera, son más prudentes que los hijos de la luz. ¡Con qué afán se cuidan de sus negocios!. ¡Cuán a menudo comparan los gastos con los ingresos!. ¡Qué exacta y qué estricta es su contabilidad!¨ (Pío X, Exhortación).

A los sacerdotes y a los religiosos impone la Iglesia como deber el examen diario de conciencia, y reprueba expresamente la doctrina de que ¨es una gracia no poder ver las propias faltas¨, la conocida opinión quietista de que basta sencillamente ¨exponerse¨ a la luz divina característica de los escritores modernos, que para la educación humana, insisten de forma terminante sobre una especie de examen de conciencia puramente natural.

2.

Con razón recalcan los maestros de la vida espiritual que el examen de conciencia es necesario e indispensable para la purificación del alma y para el adelanto en la vida de perfección. Sin un examen de conciencia bien ordenado, apenas nos damos cuenta a medias de nuestras faltas. Éstas se acumulan; las malas inclinaciones y las pasiones perversas se hacen más fuertes y amenazan seriamente la vida de la gracia. Sobre todo, la caridad santa no podrá desarrollarse plenamente.

El exámen de conciencia ofrece diversas posibilidades: se opone como fin solamente el conocimiento de los pecados veniales – no se trata ahora de los mortales – que se cometen con conciencia plena, o también el conocimiento de los pecados de flaqueza, poco o apenas conocidos; o, finalmente, reflexiona cómo se hubiera podido y debido corresponder mejor a la gracia. Es claro que un examen de conciencia bueno y acertado tan sólo podemos hacerlo con el auxilio de la gracia sobrenatural.

El examen general de conciencia pasa revista a todos los actos del día, pensamientos, sentimientos, palabras y obras. Cuando se hace regularmente, este examen de conciencia no es difícil: uno sabe en qué punto suele cometer falta, y así sin esfuerzo especial se da cuenta de las faltas eventuales del día. Caso de haber una infracción especial, ésta de todos modos atormentaría al alma que seriamente busca la perfección. Si hay verdadera vida religiosa, no tiene uno que ser minucioso en este examen de sí mismo. Más importante es el acto de arrepentimiento. En este punto es donde siempre se puede dar más vida y profundidad al examen de conciencia. Del arrepentimiento brota el propósito, que de ordinario terminará en el propósito de la confesión.

El examen general de conciencia se completará mediante el llamado examen particular: éste se ocupa durante largo tiempo de una falta previamente determinada que se quiere vencer o eliminar, o de una virtud determinada a que se propone llegar. El examen de las faltas se orienta primeramente hacia las exteriores, que molestan o fastidian al prójimo; después hacia las interiores, las faltas de carácter propiamente dichas, hacia el punto débil en nuestro ser y en nuestra vida. Cuando se incurra ya en la falta solamente raras veces o en ocasiones determinadas, será conveniente pasar al examen positivo de determinados actos de virtud, examen que, al progresar en la vida del espíritu, presenta cada vez más la forma de fortalecimiento de la voluntad en dirección a una determinada virtud, y la forma de una súplica a Dios para fortalecernos y perfeccionarnos en esta virtud, por ejemplo, en el amor de Dios y del prójimo, en el espíritu de fe, humildad y vida de oración. Con el objeto del examen particular coincidirá normalmente también el propósito propio y especial de la confesión frecuente. Por eso precisamente, para las almas religiosas y celosas, es muy importante el examen particular, sobre todo en la forma que acabamos de indicar: consolidación y ahincamiento de la voluntad en la virtud.

3.

No es suficiente conocer sólo los actos, las faltas. Igualmente importante – incluso más importante – es examinar las actitudes interiores y los sentimientos. Para ello sirve el llamado examen de conciencia ¨habitual¨, es decir, el dirigir una ojeada breve, frecuente, al propio interior, observar la inclinación, la tendencia momentánea dominante en el corazón, el sentimiento, las aspiraciones que por entonces prevalecen en él. Entre los muchos sentimientos que luchan en el corazón del hombre y le asaltan, hay siempre un sentimiento que domina, que da su orientación al corazón y determina sus movimientos. Ya es un deseo de alabanza, ya el temor de alguna censura, de alguna humillación, del algún dolor, ya celos o amargura por alguna injusticia sufrida, ya una desconfianza, un afán desordenado de trabajo, de salud. Otras veces es un estado de cierta falta de energía, de desaliento ante ciertas dificultades, fracasos y experiencias. Mas este sentimiento dominante podrá ser también el amor a Dios, el afán de sacrificarse en un arranque de celo ardoroso, en la alegría de servir a Dios, en la sumisión a Dios, en la humildad, en la aspiración a la mortificación, en la entrega a Dios: ¨¿Dónde está mi corazón?¨. ¿ Cuál es la inclinación capital que lo determina, cuál es el verdadero resorte que pone en movimiento todas las partes del conjunto ?. Puede ser una inclinación larga y duradera, una simpatía, una amargura, una antipatía; puede ser una impresión momentánea, tan profunda y tan fuerte, que siga vibrando después largo en el corazón. Preguntamos: ¨¿ Dónde está mi corazón?¨. De esta manera frecuentemente comprobamos la inclinación momentánea, la orientación del corazón, y avanzamos hasta el centro de donde emanan los diversos actos, palabras y obras. Así es como llegamos a conocer los principales sucesos tanto en el bien como en el mal.

Este conocimiento sirve para el examen de conciencia, tanto particular como general, y para el examen de conciencia de la santa confesión. Sin dificultad descubrimos lo que es importante y esencial para nuestro esfuerzo, nos arrepentimos, damos gracias a Dios al ver orden en nuestros sentimientos íntimos, imploramos a Dios la gracia y fuerza. Descubrimos lo que hemos de tener en cuenta para la acusación en la santa confesión y para el propósito; vemos cómo en general con esta rápida mirada interior habitual, siempre renovada, comenzamos y afianzamos el examen de conciencia, particular y general.

4.

El examen de conciencia para la confesión frecuente no se extenderá a todas las faltas cometidas desde la última confesión, sino que tendrá en cuenta y examinará ante todo el propósito de la última confesión o el objeto del examen particular, para ver si hemos trabajado, y hasta qué punto, por realizar este propósito. Si en el transcurso de la semana hubiese sucedido algo muy particular, si hubiésemos cometido una falta grave, no nos dejará descansar nuestra conciencia. La integridad del conocimiento de las faltas ocurridas queda asegurada por el examen general de conciencia. Por lo mismo, no es necesario que el examen de conciencia para la santa confesión se extienda a todos y cada uno de los pecados veniales cometidos desde la última confesión. Por ahí vemos que el examen de conciencia en la confesión frecuente pide y presupone el examen general y particular, y el examen ¨habitual¨ antes mencionado.

¨Los pecados veniales pueden callarse sin culpa en la confesión y ser perdonados por otros medios¨ (Conc. Trid., ses. 14, cap. 5º). Si, pues, no estamos obligados a acusarnos de los pecados veniales, quedamos en entera libertad de acusarnos o no de ellos o determinar de cuáles hemos de acusarnos. Así pues, hablando con todo rigor, es suficiente un examen de conciencia en que me acuse de algún pecado venial que haya cometido en mi vida. Por eso no hay obligación alguna de hacer un examen de conciencia que incluya todos los pecados veniales cometidos, por ejemplo, desde la última confesión. Expresamente enseña la Moral católica: Para el examen de conciencia antes de la santa confesión no es necesaria ¨una diligencia extraordinaria, aun cuando mediante ella hubiera uno de descubrir más pecados. Quien sabe que desde la última confesión no ha cometido pecado mortal alguno, no está estrictamente obligado a examen de conciencia; le basta con tener materia suficiente para la absolución¨.

También en el examen de conciencia es muy importante que distingamos lo más necesario de lo menos necesario, lo esencial de lo menos esencial, lo importante de lo no importante. Una semana puede un punto resultar de importancia especial; puede presentarse la ocasión de un pecado, o un impulso torcido extraordinariamente fuerte, una dificultad, una vivencia que reclama una lucha especial, o que se ha convertido en ocasión de amargura, de aversión, etc… Ahí tiene su campo el examen de conciencia. Cuanto más se limite el examen de conciencia a los puntos importantes y mejor se relacione con el propósito y con la acusación, tanto mayor será su valor. Por eso en la confesión frecuente no hay necesidad de un examen de conciencia hecho, por ejemplo, siguiendo los diez mandamientos o el ¨espejo de la conciencia¨.

Apéndice.

Examen de conciencia según el Padrenuestro.

(Para los ejercicios y días de retiro).

Padre. Mi relación fundamental con Dios Padre.

¿Es en realidad Dios para mí el Padre a quien doy muestras de respeto, gratitud y obediencia, a quien otorgo mi fe y confianza, y a quien me someto en el dolor con toda paciencia?. ¿Soy yo para Él en realidad hijo?. ¿Ha llegado a ser Él para mí un extraño a causa de la indiferencia, disgusto y fastidio que yo he sentido?.

¿Vivo yo con la conciencia de que el Padre, el Dios trino, vive personalmente en el fondo de mi conciencia, para dirigirla, protegerla y colmarla con su fuerza y con su vida?.

La gloria de Dios, la adoración y el honor de Dios, ¿me interesan sobre todas las cosas?. ¿Me esfuerzo en algo por el honor de Dios?. ¿Es mi primero y más importante empeño conocer a Dios y amarle, y para ese fin me santifico y busco la perfección cristiana?. ¿Qué son para mí los votos de la orden, las reglas y las prescripciones del claustro?. ¿Qué son para mí la vida interior, la aspiración a la virtud?. ¿Qué es para mí Cristo, el Salvador, mi hermano y amigo?. ¿Qué son para mí sus palabras y sus obras?. ¿Qué es para mí el santísimo sacramento de la Eucaristía?. ¿Qué es su Iglesia?. ¿Doy la cara por el honor de Cristo, su Iglesia y sus santos?.

Oración. ¿Me procuro tiempo para estar una hora en intimidad con mi Padre?. ¿Es mi oración humilde, confiada, perseverante, digna del Padre?. ¿No estoy consciente y voluntariamente distraído?. ¿Qué valor tienen para mí la meditación, el examen de conciencia y la lectura espiritual?.

Trabajo. ¿Es trabajo para mí el trabajo en servicio del Padre?. ¿Cumplo cada trabajo que se me impone?. ¿Con puntualidad, con sentido de la responsabilidad, con alegría?.

Nuestro. Mi relación fundamental con el prójimo.

¿Respeto al prójimo?. ¿Respeto su vida, su libertad, su manera de ser, su inocencia, su honor, su buen nombre?.

¿Deber de justicia y amor para con todo necesitado, con prontitud, benevolencia, cordialidad?. ¿Escándalo? (pecados ajenos).

¿Mi relación con los más allegados, en la familia, en la comunidad claustral?. ¿Amor, fidelidad?.

¿Amor a la Iglesia, al pueblo, a la patria?. ¿Me esfuerzo por ser más desinteresado?. ¿Servicial?.

¿Soporto a mis hermanos y hermanas tales como son ?. ¿También cuando nos les va bien y aun cuando son menos amables?. ¿Soy capaz y digno de recibir amor?.

Santificado sea tu nombre.

¿Es Dios, para mí, el Santo, ante quien con profundísimo respeto me arrodillo?. ¿Es el Señor, el inviolable, a quien todo está sometido?.

¿Me esfuerzo para que su nombre sea santificado?. ¿Tengo conciencia de que me está confiado el honor del Padre?. ¿Son mi pensamiento y mi palabra respetuosos para con Dios?. ¿Dignos de Dios?. ¿Me impresiona, me hiere el que se blasfeme de Él, de Cristo, de la Iglesia?.

¿Me esfuerzo por formarme una imagen exacta de Dios, una imagen viviente de Cristo?. ¿Me preocupo de ahondar mis conocimientos religiosos y deberes morales?. ¿Me cuido de tener una conciencia alerta y delicada?. ¿Soy en todo concienzudo?.

¿En la comunidad, en la parroquia, en el claustro, me esfuerzo por propagar la gloria de Dios? (oraciones corales, servicio divino en común).

Venga a nosotros tu reino.

¿Estoy esperando el reino futuro, el día de Cristo, la manifestación de su reino?. ¿Acaso olvido por este mundo el venidero?. ¿Está mi vida ordenada al fin?. ¿Sé que soy peregrino y me porto como tal?.

¿Me preocupo por la venida del reino de Dios en el mundo?. ¿Ruego y hago sacrificios por ello?. ¿Me preocupo del ¨reflejo de la gloria del reino futuro¨, de la justicia en la tierra, del triunfo del bien y de la santidad?. ¿No sirvo yo de escándalo a otros?.

¿Me preocupo por el reino de Dios en mí?. ¿Puede creer en mí?. ¿Qué es lo que se opone a su crecimiento?. ¿Soy yo verdaderamente, en el sentido del sermón de la montaña, ¨pobre¨ delante de Dios y lo espero todo de la gracia de Dios?. ¿Tengo hambre de los dones y de la vida y del amor de Dios?. ¿Soy manso?- ¿O me dejo arrastrar de la indignación, de la cólera, de mis pasiones?. ¿Me sobrepongo interiormente a las ofensas?. ¿Soy de corazón compasivo en mi juicio respecto de los otros?. ¿Tengo paciencia con sus debilidades?. ¿Sé ver las miserias de los otros?. ¿Ayudo con gusto?.

¿Es mi conducta para con los demás clara, inequívoca, franca?. ¿Amo la paz, y no la lucha y la pelea?. Con mis conversaciones, ¿no siembro entre los demás odio, desprecio, enemistades?. ¿Perdono las injusticias sufridas?.

¿Qué es para mí la Iglesia, la palabra, la enseñanza, el modo de pensar de la Iglesia?.

Hágase tu voluntad.

¿Está para mí por encima de todas las cosas la voluntad del Padre?. ¿Me esfuerzo por ver la voluntad y la mano del Padre en todos los sucesos y experiencias?. ¿Me dejo llevar de mi propia voluntad, por orgullo, por falta de respeto, por temor a las consecuencias que la aceptación completa de la voluntad de Dios trae consigo?.

¿Soy dócil a todo llamamiento y encargo del Padre?. ¿Estoy alerta y listo para adaptarme en todo a la voluntad del Padre?.

¿Cómo cumplo con el mandamiento capital del amor de Dios y del prójimo?. ¿Estoy falto de caridad en el pensar, en el hablar, en el obrar?. ¿Me porto amablemente para así sembrar amor?. ¿Puede el amor de Dios manifestarse por medio de mí a los hombres?. ¿No es mi conducta, para con Dios, para con Cristo y para con la Iglesia, deshonrosa y nociva?.

En mis deberes diarios, en las reglas y disposiciones de los superiores, en las circunstancias y relaciones en que me hallo, ¿reconozco la voluntad y el encargo de Dios, del Padre?. ¿Doy yo también en las situaciones difíciles, dispuesto y alegre, mi ¨Sí, Padre, porque a Ti es grato¨?. ¿Estoy presto a sacrificar todo lo demás a la voluntad y llamamiento de Dios?.

El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.

¿Pido al Padre también por las cosas diarias?. ¿Vivo en actitud de confianza, de manera que no me angustie el porvenir?. ¿Estoy contento con el sencillo don del pan de cada día?. ¿No murmuro?. ¿Doy gracias al Padre también por las cosas cotidianas?.

¿Me preocupo por el pan de cada día del alma, es decir, de la palabra de Dios (servicio divino, predicación, lectura de la Sagrada Escritura, etc.)?. ¿Me preocupo de la buena recepción del pan eucarístico?.

¿Me esfuerzo porque los que están confiados a mi cuidado conserven buen gusto para una ulterior formación religiosa?.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

¿Pongo cuidado en conocer mis culpas?. ¿Las admito?. ¿Las confieso delante del Padre y le ruego el perdón de ellas?.

¿Confieso mi culpa sincera y noblemente delante de la comunidad (en el Confiteor de la misa) y delante del sacerdote como representante de Cristo y de la Iglesia en la santa confesión?. ¿Perdono a mis deudores?. ¿A todos sin excepción?. ¿Soy conciliador?. ¿me irrito fácilmente?. ¿No juzgo sobre los demás?. Cuando es necesario, ¿no pido perdón a los demás?. ¿No hay alguno a quien yo ¨no pueda ver¨?.

No nos dejes caer en la tentación.

¿Conozco mi propia flaqueza?. ¿No soy ligero frente a la tentación?. ¿No juego con ella?.

¿No fomento en mí mismo la tentación, por ejemplo, de mala codicia?. ¿Cómo me porto frente a los atractivos del mundo?. ¿Qué actitud guardo frente a la actual secularización de la vida, frente a las ideas y corrientes materialistas de la época?.

¿Cómo me enfrento con el terrible poder del mal y sus tentaciones?. ¿Me da la fe en la justicia futura la necesaria paciencia y confianza en la Providencia divina?. ¿Temo y huyo por todos los medios del más grande de los peligros: el peligro de despreciar las gracias de Dios y abusar de ellas, el peligro del endurecimiento, del pecado contra el Espíritu Santo?.

Líbranos del mal.

¿No deseo que Dios me libre de toda prueba?.

¿Me preocupo de comprender con mayor hondura el sentido del dolor y de la Cruz?. ¿La participación en los dolores de Cristo es para mí camino de desprendimiento y redención?. ¿Veo en el dolor la Providencia, la disposición, la mano de Dios Padre?. ¿Estoy debidamente dispuesto para el sacrificio?.

¿Tengo mi alma abierta al consuelo de Dios?. ¿La tengo también abierta para las muchas pequeñas alegrías con que a diario Dios me obsequia?. ¿Espero ansiosamente la eterna redención que el día de la venida de Cristo me traerá?.

Amén.



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