Cónclave: editorial del padre Lombardi

(RV).- Los cardenales han decidido mayoritariamente fijar la fecha del Cónclave para el próximo martes. Por lo tanto se sienten listos para dar el paso decisivo en la elección del nuevo Papa. Las reflexiones comunitarias en las Congregaciones, las informaciones intercambiadas entre ellos, los diálogos para formarse una opinión propia y responsable sobre las personas más adecuadas para la gran tarea han llegado a un primer estado de maduración. Desde el martes el discernimiento se hará aún más comprometido, porque con los escrutinios se afrontará en cierto sentido la “medida” del consenso que se podrá alcanzar sobre algunas personas concretas. Y así se irá adelante hasta la elección.

¡Es impresionante, si se piensa en la responsabilidad de por sí sobrehumana que será puesta sobre la espalda de un hombre! No se trata solo de gobernar bien una institución compleja, sino más bien de orientar el camino religioso, espiritual, moral, de la comunidad de los creyentes más numerosa y difundida en los diversos continentes y observada con atención – con expectativa positiva, y a veces también con actitud negativa – por tantísimos de nuestros contemporáneos en búsqueda del sentido de su existencia. El Evangelio debe ser anunciado a través de los tiempos, para la salvación de todos, hasta los confines de la tierra.

El Cónclave es por lo tanto un evento cuyo sentido puede ser verdaderamente comprendido, y vivido serenamente, solo en la perspectiva de la fe. Los dos protagonistas de los Cónclaves precedentes nos dan un testimonio intenso e inolvidable. El Papa Wojtyla contemplaba el juicio de Miguel Ángel en su poema “Tríptico romano”: “Todas las cosas están desnudas y abiertas ante los ojos de Dios”, “trasparencia de los eventos, trasparencia de las consciencias”. “Tú que penetras todo – ¡indica!”. “Él indicará”. Y el siguiente Papa Ratzinger comentaba: “La heredad de las llaves dejadas a Pedro … Poner estas llaves en las manos justas: es esta la inmensa responsabilidad en aquellos días”.

Ahora, aquel que con su extraordinaria renuncia ha llevado a los cardenales a cruzar una vez más el umbral de la Capilla Sixtina para discernir ante la historia a qué manos confiar las llaves, está con todos nosotros, silenciosamente pero más profundamente y conscientemente que todos nosotros, en oración: “Espíritu de Dios, tú que todo penetras – ¡indica!”.

(RC – RV)


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