El espíritu de Aparecida

 

(RV).- El padre Antonio Grande, de la diócesis de Rafaela, en la Argentina, que actualmente realiza el servicio de rector del Colegio Sacerdotal y de la Iglesia Argentina en Roma, nos habla de la nueva Evangelización según el espíritu de Aparecida, lugar de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y el Caribe (13-31 mayo 2007) en Brasil.

Los obispos latinoamericanos y caribeños, en el documento de Aparecida, convocan al Pueblo de Dios y a sus instituciones, a recorrer juntos caminos de solidaridad, un espíritu que debe animar el servicio evangelizador y sus comunidades.

La Iglesia alienta y favorece la reconstrucción de la persona y sus vínculos de pertenencia y convivencia, desde un dinamismo de gratuidad y comunión. De este modo se contrarrestan los procesos de desintegración y atomización sociales. El Estado y mercado no satisfacen toda necesidad humana. Cabe, pues apreciar y alentar los voluntariados sociales, las diversas formas de libre organización y participación populares, obras caritativas, educativas, hospitalarias, de cooperación en el trabajo y otras promovidas por la Iglesia, que responden adecuadamente a estas necesidades (A 539).

Los discípulos misioneros son desafiados a imitar al buen samaritano, a hacer la experiencia de transmitir esos valores humanos y sociales, según las propias posibilidades, participando en un espacio de servicio concreto.

Pablo VI, en los años setenta, había imaginado que la evangelización tendría que proponer al mundo un nuevo estilo de relación humana que recibimos de Dios y que es capaz de animar un nuevo modelo de vida familiar, en las instituciones, y sociedad civil, inspirado en los vínculos de las personas, comunidades y pueblos. Así se favorecerían espacios de diálogo y encuentro, intercambio de ideas y proyectos. Pero una mirada hacia adelante, con continuidad y desarrollo en el tiempo, necesita de algunas estructuras que sostengan y ayuden su comprensión progresiva, y alienten su itinerario renovado.

América Latina y el Caribe deben ser no sólo el continente de la esperanza sino que además debe abrir caminos. Así se expresó el Papa Benedicto XVI en el santuario mariano de Aparecida, para que nuestra casa común sea un continente de esperanza, vida y paz, como buenos samaritanos, al encuentro de las necesidades de los pobres y que sufren, para crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Estas no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal, porque donde Dios está ausente, estos valores no se muestran con su fuerza ni se produce un consenso (A 537).

En el corazón y la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida parecen ofuscarla. Ella se experimenta y alimenta en el presente, gracias a los dones y signos de vida nueva que se comparte; compromete en la construcción de un futuro de mayor dignidad y justicia, y ansía los cielos nuevos y la tierra nueva que Dios nos ha prometido en su morada eterna (A 536).

Esta enseñanza expresa valores evangélicos y eclesiales que, como otros, para ser asimilados, necesitan de un proceso de conversión personal y comunitario desplegado en el tiempo. El esfuerzo de precisar su validez y establecerlo como un objetivo común a realizar fortalece las motivaciones para ir caminando hacia él, y poder expresarlo en estructuras de comunión y solidaridad.

Todos en la Iglesia debemos acrecentar nuestra conciencia creyente que nos mueve a la adoración del Dios de Jesucristo y al servicio responsable en la educación de valores, a veces no tan tenidos en cuenta socialmente, o, de los que se habla pero no llegan a ser movilizadores de actitudes que se expresen en emprendimientos concretos.

Es necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras de cooperación e integración. La comunión alcanzada en la sangre reconciliadora de Cristo nos da la fuerza para ser constructores de puentes, anunciadores de verdad, bálsamo para las heridas (A 535).

Gerardo Farrell, sabio pastoralista, proponía hace más de veinte años, que los laicos deberían aportar un proyecto de país, conforme a su tradición cultural y en diálogo con la era moderna. Es una expresión universal que puede iluminar la tarea de los cristianos.

Es necesario pensar en la patria desde la cultura de nuestro pueblo tanto las expresiones espontáneas como las de nuestros autores literarios y ensayistas. Aparecida orienta en esta dirección:

“Los discípulos y misioneros de Cristo deben iluminar con la luz del Evangelio todos los ámbitos de la vida social. La opción preferencial por los pobres, de raíz evangélica, exige una atención pastoral atenta a los constructores de la sociedad. Si muchas de las estructuras actuales, generan pobreza, en parte se ha debido a la falta de fidelidad a sus compromisos evangélicos de muchos cristianos con especiales responsabilidades políticas, económicas y culturales” (A 501).

Para más información : FARRELL, Argentina como cultura, 57; “La evangelización en el conurbano”, Criterio 1978/79 (1986) 717.

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