Primer mensaje de Francisco I para Jornada del Refugiado

(RV).- Se ha hecho público el primer mensaje del Santo Padre para la próxima Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado que se celebra el segundo domingo después de la Epifanía, el 19 de enero del próximo año 2014, llegando así a su 100ª edición, puesto que fue instituida por el Pío X en 1914.

Texto del mensaje del Papa.

Queridos hermanos y hermanas :

Nuestras sociedades están experimentando, como nunca antes había sucedido en la historia, procesos de mutua interdependencia e interacción a nivel global, que, si bien es verdad que comportan elementos problemáticos o negativos, tienen el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la familia humana, no sólo en el aspecto económico, sino también en el político y cultural. Toda persona pertenece a la humanidad y comparte con la entera familia de los pueblos la esperanza de un futuro mejor. De esta constatación nace el tema que he elegido para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado de este año : “Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor”.

Entre los resultados de los cambios modernos, el creciente fenómeno de la movilidad humana emerge como un “signo de los tiempos”; así lo ha definido el Papa emérito Benedicto XVI (Cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado 2006). Si, por un lado, las migraciones ponen de manifiesto frecuentemente las carencias y lagunas de los estados y la comunidad internacional, por otro, revelan también las aspiraciones de la humanidad de vivir la unidad en el respeto de las diferencias, la acogida y hospitalidad que hacen posible la equitativa distribución de los bienes de la tierra, tutela y promoción de la dignidad y centralidad de todo ser humano.

Desde el punto de vista cristiano, también en los fenómenos migratorios, al igual que en otras realidades humanas, se verifica la tensión entre la creación, marcada por la gracia y redención, y el misterio del pecado. El rechazo, la discriminación y el tráfico de la explotación, el dolor y la muerte se contraponen a la solidaridad y acogida, a los gestos de fraternidad y comprensión. Despiertan una gran preocupación sobre todo las situaciones en las que la migración no es sólo forzada, sino que se realiza incluso a través de varias modalidades de trata de personas y reducción a la esclavitud. El “trabajo esclavo” es hoy moneda corriente. Sin embargo, y a pesar de los problemas, riesgos y dificultades que se deben afrontar, lo que anima a tantos emigrantes y refugiados es el binomio confianza y esperanza; ellos llevan en el corazón un futuro mejor, no sólo para ellos, sino también para sus familias.

¿Qué supone la creación de un “mundo mejor”? Esta expresión no alude ingenuamente a concepciones abstractas o a realidades inalcanzables, sino que orienta más bien a buscar un desarrollo auténtico e integral, a trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado. El venerable Pablo VI describía con estas palabras las aspiraciones de los hombres de hoy: «Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar todavía más en las responsabilidades, fuera de toda opresión en situaciones que ofenden su dignidad de hombres; ser más instruidos; en una palabra, hacer, conocer y tener para ser más» (Cart. enc. Populorum progressio, 26 marzo 1967, 6).

No se puede reducir el desarrollo al mero crecimiento económico, obtenido con frecuencia sin tener en cuenta a las personas más débiles e indefensas. El mundo sólo puede mejorar si la atención primaria está dirigida a la persona y su promoción en todas sus dimensiones, incluida la espiritual; no se debe abandonar a nadie, comprendidos los pobres, enfermos, presos, necesitados, forasteros (Cf. Mt 25,31-46); hemos de ser capaces de cambiar la cultura del rechazo por  la de inclusión, encuentro y acogida.

Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten con la misma legitimidad ser “algo más”. Es impresionante el número de personas que emigra de un continente a otro, así como aquellos que se desplazan dentro de sus propios países y zonas geográficas. Los flujos migratorios contemporáneos constituyen el más vasto movimiento de personas, incluso de pueblos, en todos los tiempos. La Iglesia, en camino con los emigrantes y refugiados, se compromete a comprender las causas de las migraciones, pero también a trabajar para superar sus efectos negativos y valorizar los positivos en las comunidades de origen, tránsito y destino.

Al mismo tiempo que animamos el progreso hacia un mundo mejor, no podemos dejar de denunciar por desgracia el escándalo de la pobreza en sus diversas dimensiones. Violencia, explotación, discriminación, marginación, planteamientos restrictivos de las libertades fundamentales, tanto individuales como colectivos, son algunos de los principales elementos de la pobreza que se deben superar, son precisamente estos aspectos que caracterizan muchas veces los movimientos migratorios. Para huir de situaciones de miseria o persecución, buscando mejores posibilidades o salvar su vida, millones de personas comienzan un viaje, mientras esperan cumplir sus expectativas, pero encuentran frecuentemente desconfianza, cerrazón y exclusión, son golpeados por otras desventuras, muy graves y que hieren su dignidad humana.

La realidad de las migraciones, con las dimensiones que alcanza en nuestra época de globalización, pide ser afrontada y gestionada de un modo nuevo, equitativo y eficaz, que exige en primer lugar una cooperación internacional y un espíritu de profunda solidaridad y compasión. Es importante la colaboración a varios niveles, con la adopción, por parte de todos, de los instrumentos normativos que tutelen y promuevan a la persona humana. El Papa emérito Benedicto XVI trazó las coordenadas afirmando que : «Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y destino de los emigrantes; ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas, familias y sociedades» (Cart. enc. Caritas in veritate, 19 junio 2009, 62). Trabajar juntos por un mundo mejor exige la ayuda recíproca entre los países, con disponibilidad y confianza, sin levantar barreras infranqueables. Una buena sinergia animará a los gobernantes a afrontar los desequilibrios socioeconómicos y la globalización sin reglas, que están entre las causas de las migraciones, en las que las personas no son tanto protagonistas sino víctimas. Ningún país puede afrontar por sí solo las dificultades unidas a este fenómeno que, siendo tan amplio, afecta en este momento a todos los continentes.

Es importante subrayar además cómo esta colaboración comienza ya con el esfuerzo que cada nación debería hacer para crear mejores condiciones económicas y sociales en su patria, de modo que la emigración no sea la única opción para quien busca paz, justicia, seguridad y pleno respeto de la dignidad humana. Crear oportunidades de trabajo en las economías locales, evitará también la separación de las familias y garantizará condiciones de estabilidad y serenidad para los individuos y colectividades.

Por último, mirando a la realidad de los refugiados, quisiera subrayar un tercer elemento en la construcción de un mundo mejor, y es el de la superación de los prejuicios y preconcepciones en la evaluación de las migraciones. De hecho, la llegada de emigrantes, prófugos, de los que piden asilo, suscita en las poblaciones locales con frecuencia sospechas y hostilidad. Nace el miedo de que se produzcan convulsiones en la paz social, se corra el riesgo de perder la identidad o cultura, alimente la competencia en el mercado laboral o, incluso, introduzcan nuevos factores de criminalidad. Los medios de comunicación social, en este campo, tienen un papel de gran responsabilidad : a ellos compete, en efecto, desenmascarar estereotipos y ofrecer informaciones correctas, en las que habrá que denunciar los errores de algunos, pero también describir la honestidad y rectitud. En esto se necesita por parte de todos un cambio de actitud hacia los inmigrantes y refugiados, el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o marginación, a una que ponga como fundamento la cultura de la inclusión, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno.

Pienso también en cómo la Sagrada Familia de Nazareth ha tenido que vivir la experiencia del rechazo al inicio de su camino : la Virgen «daba a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2, 7). Es más, Jesús, María y José han experimentado lo que significa dejar su propia tierra y ser emigrantes amenazados por el poder de Herodes, que fueron obligados a huir y refugiarse en Egipto (Cf. Mt 2, 13-14). Pero el corazón de la Madre de Dios,  y de José, custodio de la Sagrada Familia, han conservado siempre la confianza en que el Señor nunca les abandonará.

La Iglesia, respondiendo al mandato «Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos», está llamada a llevar el anuncio del Evangelio, porque en cada persona está impresa la imagen de Cristo, encontramos su rostro. Aquí se encuentra la raíz más profunda de la dignidad del ser humano, que debe ser respetada y tutelada. El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, productividad, clase social, pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el haber sido creados a imagen y semejanza de Dios (Cf. Gn 1, 26-27); y cada ser humano es hijo suyo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino que debe ser acogido y respetado. Esta es una ocasión que la providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta. Las migraciones pueden dar lugar a posibilidades de nueva evangelización, a abrir espacios para que crezca una nueva humanidad, anunciada en el misterio pascual, para la cual cada tierra extranjera es patria.

No pierdan la esperanza de un futuro más seguro, en sus sendas puedan encontrar una mano tendida, con la que puedan experimentar la solidaridad fraterna. A todos y aquellos que gastan sus vidas y energías al lado de los marginados les aseguro mi oración e imparto la bendición apostólica.

Dado en el Vaticano, a 5 de agosto del 2013. Primer año del pontificado de Francisco I.



Notas de prensa 2013-15
 
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