Plantas y animales también luchan, ganan y pierden

Las plantas también luchan, ganan y pierden; como los animales o el hombre.

“Las jaras son plantas adaptadas a las condiciones extremas de los climas meridionales. Prefieren los suelos ácidos y silíceos. Crecen en los lugares degradados donde las demás plantas no pueden hacerlo, en especial en las regiones arrasadas por el fuego estival ya que sus semillas no sólo están protegidas contra las llamas sino que son pirófilas, esto es, el fuego estimula su capacidad germinativa, hasta tal punto que para poder reproducir la planta por semilla, es necesario calentarla a 100º antes de ser sembrada. Así cuando los incendios forestales se propagan, los árboles como encinas y madroños con los que convive son arrasados y las jaras pasan rápidamente a sustituirlos. Posteriormente, juegan un papel protector de conejos o especies vegetales menores que se refugian en su escasa sombra. Llegan a formar extensas, tupidas e impenetrables zonas de vegetación, con las que encinas o retamas a duras penas tratan de competir. La estrategia de supervivencia de la jara es muy efectiva: en primer lugar lignifica su tronco; la mayoría de ellas producen una sustancia resinosa, el ládano, el cual refleja los rayos del sol y evita la evaporación. En épocas de intensa sequía, reduce el área de evaporación curvando los bordes de las hojas. La jara es una planta que juega un papel muy importante en la conservación y recuperación de los suelos degradados por el fuego u otras causas.


“¿Cada cuánto cree Vd. que se reproduce un pino?
Los expertos no se ponen de acuerdo. ¿Cada 50 años? ¿Cada 75 años? ¿Tal vez, nunca?
El pino blanco o el carrasco son especies pirófilas, o sea especies en las que el fuego forma parte de su ciclo vital, florece de abril a mayo madurando la piña a finales del segundo verano. La piña puede permanecer cerrada unos cuantos años hasta que por el calor generado en un incendio se abre para así resembrar la zona quemada. Si no hay fuego o muy altas temperaturas, las piñas no se abren y por tanto, no se reproducen. En este aspecto, el pino ha evolucionado para facilitar la creación de incendios, emite abundantes esencias y resinas, que le convierten en altamente combustible.
Es también, el caso del eucalipto: La exposición a una fuente de calor responde a la tendencia natural de esta especie a su propagación tras un fuego que abra sus frutos y esparza sus semillas sobre un terreno quemado, situación óptima tanto por los nutrientes aportados al terreno tras la combustión, como por la liberación de plantas que rivalicen con su crecimiento. El eucalipto es una planta que tolera mal, en su estado natural, el crecimiento parejo a otras especies. Por otra parte, es tan dependiente del fuego para su germinación que incluso contiene esencias y resinas pirófilas, que hacen de un bosque de eucaliptos un terreno abonado para los incendios.
Ambas especies utilizan el fuego como estrategia para eliminar a sus competidores en el hábitat, pues mientras ellos mueren, pinos y eucaliptos se reproducen eficazmente y crecen mucho más rápido. Son pues un peligro para cualquier zona forestal autóctona.”

“La caza es uno de los aspectos más singulares del lobo, según la zona del mundo en que nos encontremos variaran tanto el tipo de presa como la forma de cazarla, y es que el lobo como ya hemos dicho es un animal que se adapta a cualquier entorno.
Obligado a incluir en su dieta prácticamente de todo para conseguir sobrevivir, el tipo de presas de la zona condicionara el numero de integrantes de la manada afectando por tanto a la pautas de conducta del lobo. Para tratar de simplificar expondremos tres casos posibles:

1) Bueyes, caballos y presas de similar tamaño; estas presas son de un tamaño grande en comparación con el lobo y por tanto le obligan a atacar en manada y a desarrollar más su ingenio para atraparlas. Para este tipo de pesas los lobos se alternan mordiendo en la zona de la ingle, bajo vientre o en los genitales y dejando que las heridas desempeñen su función debilitando y tumbando a la presa.

2) Corzos, perros, zorros y animales de similar tamaño; el numero de lobos necesarios es menor llegando a bastar uno solo. El tipo de ataque aquí varia en función de si el individuo se puede resultar una amenaza o no; para el caso en que no lo sea el mordisco se da en el cuello ejerciendo una gran presión en la zona de la traquea, para el caso en que si el mordisco será en la zona de los riñones.

3) Conejos y de similar tamaño; de igual forma que antes el lobo puede cazar estas presas en grupo (normalmente un máximo de tres) o solo. El mordisco lo dará donde pueda siendo preferente la zona trasera del cuello.

Esta clasificación se limita solo a presas salvajes, pero el lobo se puede ver forzazo a alimentarse restos de comida en basureros o a atacar el ganado, en el primer caso obviamente se basa solo, en el segundo puede requerir mas individuos si el ganado esta vigilado. Una de las técnicas empeladas por el lobo en estos casos consiste en enviar un individuo que se deje ver para atraer y alejar a los perros guardianes mientras los otros dan muerte a varias piezas de ganado, una vez acabado los lobos pueden ejecutar también a los perros protectores.

Retomando de nuevo la caza de presas salvajes, que es donde el lobo muestra en verdad su astucia, presenta una gran variedad de estrategias que normalmente suelen consistir en asustar a la presa haciéndola correr hacia una zona en la donde otro lobo le espera para darle muerte o bien rodeándola mediante varios grupos de lobos. Sea cual fuere la técnica usada por el lobo lo que es indudable es la selección que hacen de la presa, bien sea por enfermedad, vejez o excesiva juventud. Lo cual procura la famosa supervivencia del individuo más fuerte, así pues la caza del lobo puede considerarse muchas veces como una limpieza que ayuda a la naturaleza a evitar la extensión de enfermedades o a la debilitación de la especie.

El lobo se muestra pues como un animal consciente de sus limitaciones y que ingenia verdaderas estrategias de caza para minimizarlas. Quizá una de las cosas mas pueda llamar la atención es la capacidad de estos animales para organizarse y cazar y más si se tiene en cuenta las limitaciones de comunicación, que no son tantas como podrían parecernos en primera instancia. Parte de explicación de estas estrategias las encontramos en las fases de aprendizaje llevadas a cabo durante el primer año de vida, aunque se ha demostrado que muchas de estas van implícitas en su propio instinto y no son aprendidas sino desarrolladas.

En cuanto a sus necesidades alimentarías se estima que el lobo debe procurarse 1,3 kg de comida al día. Si bien es verdad que el lobo es capaz de resistir bastantes días sin comer o con bajo régimen de presas lo cierto es que en cuanto pueda, remontará las carencias pasadas ingiriendo unos 5kg diarios de carne hasta estabilizarse de nuevo.

El reparto de una presa cazada en grupo se hará siguiendo el orden que marca la jerarquía, siendo el macho dominante el que permite el acceso a esta. Esto hace que los individuos omega se vean obligados a agudizar su ingenio alimentándose casi a escondidas.
Los lobos pueden permanecer junto a la presa hasta devorarla por completo, siempre que no sean molestados, o pueden enterar parte de la captura, normalmente trozos poco carnosos, para regresar y degustarla después. El lobo que enterró la pieza es el único conocedor de su localización y se guarda mucho de que los demás integrantes de la manada la descubran.

Esta ultima actitud que se cree desarrollada por lobo durante la glaciación aprovechando la excelente "cámara de conservación" que supondría el hielo, serviría de explicación de las llamadas lobadas. No obstante no existe un criterio único al respecto y algunos autores como Gil Cubillo rechazan esta posibilidad y la atribuyen más la situación actual del ganado amontonado y despojado casi de cualquier instinto de defensa y posibilidad de escapatoria, esto provocaría en el depredador una extraña conducta que le llevaría a devorar más presas de la necesarias para su alimentación. No obstante esto no es una particularidad del lobo y es extensible a cualquier depredador que devore animales domésticos, además de que no debe hacernos olvidar que en situaciones de caza normal, es decir piezas salvajes, el lobo realiza una caza selectiva que ayuda al equilibrio de la naturaleza.”


Comer y no ser comido
El cangrejo se siente desprotegido cuando sale a buscar comida. Camina amenazante con las pinzas en alto, advirtiendo a los posibles depredadores de que lo mejor es dejarlo en paz. De pronto, percibe el peligro y se queda inmóvil. Perfectamente camuflado, el pulpo que le seguía con la vista mientras se movía ahora no tiene muy clara su situación. Para incitarlo a desplazarse cambia de color como si un arco iris atravesara su cuerpo varias veces . El cangrejo se mueve lo justo para que el pulpo confirme su posición y decida atacar. Pero, guiada por el olor del cefalópodo, aparece una morena que, haciendo inútil toda estrategia de camuflaje visual, tras unas cuantas dentelladas se come al pulpo.

El desarrollo de la vida lleva implícita la necesidad de energía, que se obtiene de la alimentación. Las macroalgas y el fitoplancton, de la misma forma que las plantas terrestres, son organismos capaces de transformar la materia inerte en orgánica usando para ello la energía solar. Pero todos los animales necesitan comer otros seres vivos para vivir. Esta maraña en la que unos producen materia orgánica y el resto se comen entre ellos se conoce como cadena trófica.

Hace cientos de millones de años los cefalópodos llegaron a estar en una cumbre en la que pocos se los comían; pero en el presente sirven de alimento a numerosas especies de tiburones, peces óseos, aves y mamíferos marinos. Por ello han desarrollado una amplia gama de estrategias defensivas fundamentadas en reducir las posibilidades de encuentro con los depredadores. Pero no se puede pasar toda la vida camuflados, hay que salir a buscar comida y evitar, al mismo tiempo, ser comido. Para conseguir este doble objetivo han perfeccionado los sistemas de defensa, siempre alerta, y se han dotado de un complejo arsenal ofensivo. La selección natural les ha enseñado la lección: el ataque puede fallar algunas veces, pero la defensa nunca.

Los cefalópodos son carnívoros, y para comer han diseñado diversas estrategias de caza. Éstas no sólo varían según la especie, sino que un mismo individuo puede escoger la técnica más apropiada en función de cada presa.

La dieta depende del lugar en el que viven. Los calamares, debido a su vida pelágica, se alimentan principalmente de peces. Los que habitan en el fondo, como sepias o pulpos, comen cangrejos, camarones, moluscos, y en menor medida peces.

La vista es el sentido más utilizado por los cefalópodos para la búsqueda de comida, y después el tacto, olfato, e incluso unos receptores equivalentes a la línea lateral de los peces, que funcionan como un oído de baja frecuencia permitiendo la detección de presas –y depredadores- a distancia.

En Sepia officinalis se ha observado una secuencia de ataque visual para la caza del camarón que consta de tres fases y cuyo patrón siguen también otros cefalópodos. Primero, el depredador presta atención a la presa, observándose cambios en su comportamiento. Para distraerla levantan y mueven el primer par de brazos, y a veces el segundo. Después pasa a la fase de posición, nadando lentamente hasta situarse a la distancia apropiada para ejecutar la tercera fase, el ataque. En un instante lanza los tentáculos hacia el camarón, adheriéndolos y sujetándose rápidamente con los brazos. La secuencia puede variar según la presa: si ésta es un cangrejo, a menudo sustituye la última fase por un salto sobre el animal.

La emboscada es otra técnica visual de caza. Los pulpos utilizan sus extraordinarias habilidades para mimetizarse con el entorno y acechar a las presas. Las sepias aguardan semienterradas en la arena, e incluso se han descrito comportamientos similares en calamares, que se tumban sobre el fondo adoptando su color, volviéndose poco menos que invisibles. En todos estos casos el método es muy sencillo: echarse y esperar, y cuando la potencial presa se sitúa dentro del radio de acción, el ataque es fulminante.

Los cefalópodos de aguas profundas usan fotóforos y tentáculos a modo de cebo para “pescar” otros animales. En ocasiones, las sepias también usan este sistema, oscureciendo el cuerpo de modo que destaque más el primer par de brazos, luego los mueve lentamente hacia un lado y otro, hasta que algún camarón “pica”.

Pero las estrategias citadas no sirven cuando se trata de capturar peces de natación rápida. Por su velocidad, no es posible perseguirlos, con la emboscada pasarían tan rápido que no daría tiempo a reaccionar, y el cebo ni lo miran. Renunciar a estos pececillos no tendría sentido considerando la inmensa cantidad de sardinas, jureles o anchoas que habitan en las costas de todo el mundo. La evolución debería haber favorecido el diseño de técnicas de captura de estos peces.

Y eso es lo que ocurrió. La estrategia comienza una vez que detectan la presa; algunos calamares inician entonces una sigilosa persecución con la cabeza atrás para aprovechar mejor el impulso del chorro. Deben poner mucho esmero para no ser descubiertos, ya que entonces el pez huiría. Cuando el cefalópodo está cerca de su cola -por ser donde menos posibilidades tiene de ser detectado- inicia una rápida maniobra de giro, situando los tentáculos hacia delante y gracias al cambio de dirección del sifón se abalanza sobre el pez.

Aunque la boca es pequeña, el uso de los brazos para atrapar la presa mientras se la come justifica que muchos investigadores afirmen que los cefalópodos poseen una “gran boca funcional”. Pensemos que cualquier vertebrado que quiera comer presas grandes necesita una boca de tamaño acorde, excepto los que usamos las manos, claro.

Si se trata de presas menos veloces, rara vez si son peces, la persecución continúa aunque se descubran las intenciones del cefalópodo. Los pulpos siguen al cangrejo hasta atraparlo, constituyendo un ejemplo de persecución “guiada visualmente”. Otros, como las jibias, cuando fracasa el intento de caza suelen comenzar de nuevo toda la operativa, si bien en este caso el instante del ataque no está guiado visualmente, sino que sólo lanza los tentáculos -o todo el cuerpo- una vez que ha determinado su posición, denominándose “ataque balístico”.

El estudio de las técnicas de ataque del calamar Sepioteuthis sepioidea nos muestra la complejidad del comportamiento de los cefalópodos. Se han descrito cuatro formas distintas de cazar: la persecución; la emboscada camuflándose entre algas flotantes; la imitación al hervíboro pez loro, mediante la exhibición de dos puntos negros y variando la forma corporal, de modo que las presas no huyan al ver acercarse a un “pez inofensivo”; e incluso la caza especulativa basada en el sentido del tacto, removiendo los fondos de arena en busca de comida.

Y es que, después de la vista, el tacto es el sentido más importante en la alimentación de numerosos cefalópodos. En él se basan muchos pulpos cuya dieta consiste en cangrejos y bivalvos: a ciegas, hurgan con los tentáculos entre las fisuras hasta que localizan la presa. Otros también escarban en la arena para detectar crustáceos y moluscos enterrados. No mirar tiene sus riesgos, pudiendo encontrarse con la desagrable sorpresa de que quién vive en la grieta es una morena; entonces se dan a la fuga de inmediato, a menudo con algún tentáculo de menos.

A veces el hambre hace bajar la guardia, y otras su intensidad provoca que animales de la misma especie se devoren entre sí. De hecho, el canibalismo es común en los cefalópodos. Se sabe que en sus primeras semanas de vida existe una alta incidencia de canibalismo, y que éste se extiende a las fases juveniles, aunque con menos frecuencia. Numerosas especies de pulpos son caníbales en su vida adulta, siendo tanto más fácil que se presente cuanto mayor sea la diferencia de tallas.

Hemos visto que los cefalópodos son excelentes depredadores, y que a su vez son comidos por otros animales. La mayor parte de lo que sabemos sobre su comportamiento alimenticio se debe a estudios realizados en laboratorio y acuarios. Ahora el reto es profundizar en las investigaciones realizadas en sus propios hábitats, donde las respuestas no se hallan influenciadas por nuestra presencia. No es tarea sencilla, pero la fascinación que produce su estudio compensará sobradamente los esfuerzos.

     

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