(RV).- Al finalizar la misa matutina en la residencia Sumaré, el Papa visitó el ayuntamiento de Río de Janeiro a las 9.45 h. En el balcón del salón central, el alcalde Eduardo Paes, entregó al Santo Padre las llaves de la ciudad. Desde allí se desplazaron a los jardines del Palacio, donde Francisco I bendijo las banderas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, y saludó a varios jóvenes atletas representantes de distintas modalidades deportivas. Además de los Mundiales de Fútbol de 2014, Brasil celebrará en 2016 las XXXI Olimpiadas, siendo la primera vez en la historia que los Juegos Olímpicos se celebran en Sudamérica. A las 10 h. de la mañana, el sumo pontífice se trasladó en coche a la comunidad de Varginha, Manguinhos, a unos 18 kilómetros de distancia. Esta comunidad forma parte de una de las más amplias favelas de la zona norte de la ciudad que fue pacificada por la policía local.
El término Favela viene de faveila o mandioca brava, una planta leguminosa áspera y agreste que crece en plaga en varias regiones de Brasil. Se dice que en noviembre de 1897, los soldados que habían ganado la Guerra de Canudos en Bahía, desembarcaron en Río porque el gobierno les había prometido casas. Al ver que la burocracia era interminable, ocuparon la colina de Gamboa, construyeron sus chozas allí y llamaron al lugar Morro da Favela.
El Santo Padre llegó a las 11 de la mañana donde fue recibido por el párroco, el vicario episcopal y la superiora de las Hermanas de la Caridad. Desde allí se dirigió a la pequeña Iglesia de S. Girolamo Emiliani y tras un momento de oración se desplazó a pie al campo de fútbol donde le esperaba reunida toda la comunidad. De camino, el pontífice visitó a una familia y antes de su discurso, saludó a numerosas personas.
Este jueves por la mañana se ha realizado pues una de las visitas más esperadas del Papa en el marco de su viaje a Rio. En la Comunidad de Varginha, asentada en la favela “Ciudad de Dios“, el Obispo de Roma recordó con ellos a todos los habitantes de las periferias existenciales del mundo.
Palabras del Papa.
Queridos hermanos y hermanas :
Ya desde el principio, al programar la visita a Brasil, mi deseo era poder visitar todos los barrios de esta nación. Habría querido llamar a cada puerta, decir «buenos días», pedir un vaso de agua fresca, hablar como amigo de casa, escuchar el corazón de cada uno, padres, hijos, abuelos … Pero Brasil, es tan grande. Y no se puede llamar a todas las puertas. Así que elegí venir aquí, a visitar vuestra Comunidad, que hoy representa a todos los barrios de Brasil. Muchas gracias a todos por la bienvenida.
1. Desde el primer momento en que he tocado el suelo brasileño, y también aquí, entre vosotros, me siento acogido. Y es importante saber acoger. Digo esto porque, cuando somos generosos con una persona y compartimos algo con ella – algo de comer, un lugar en nuestra casa, nuestro tiempo – no nos hacemos más pobres, sino que nos enriquecemos. Ya sé que, cuando alguien que necesita comer llama a su puerta, siempre encuentran ustedes un modo de compartir la comida; como dice el proverbio, siempre se puede «añadir más agua a los frijoles». Y lo hacen mostrando que la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón.
Y el pueblo brasileño, especialmente las personas más sencillas, pueden dar al mundo una valiosa lección de solidaridad, una palabra a menudo olvidada u omitida, porque es incomoda. Me gustaría hacer un llamamiento a quienes tienen más recursos, los poderes públicos y todos los hombres de buena voluntad comprometidos en la justicia social, no se cansen de trabajar por un mundo más justo y solidario. Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen. Que cada uno, según sus posibilidades y responsabilidades, ofrezca su contribución para poner fin a tantas injusticias. No es la cultura del egoísmo, individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad, la que construye y lleva a un mundo más habitable, sino la solidaridad; no ver en el otro un competidor o número, sino un hermano.
Deseo alentar los esfuerzos que la sociedad brasileña está haciendo para integrar todas las partes que más sufren o están necesitadas, a través de la lucha contra el hambre y la miseria. Ningún esfuerzo de «pacificación» será duradero, ni habrá armonía para una sociedad que ignora, margina y abandona en la periferia una parte de sí misma. Una sociedad así, simplemente se empobrece a sí misma; más aún, pierde algo que es esencial para ella. No dejemos entrar en nuestro corazón la cultura de lo descartable, porque somos hermanos y ninguno es descartable. Recordémoslo siempre: sólo cuando se es capaz de compartir, llega la verdadera riqueza; todo lo que se comparte se multiplica. Pensemos en la multiplicación de los panes de Jesús. La medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado.
2. También quisiera decir que la Iglesia, «abogada de la justicia y defensora de los pobres ante intolerables desigualdades sociales y económicas, que claman al cielo» (Documento de Aparecida, 395), desea ofrecer su colaboración a toda iniciativa que pueda significar un verdadero desarrollo. Ciertamente es necesario dar pan a quien tiene hambre; es un acto de justicia. Pero hay también un hambre de dignidad más profunda, que sólo Dios puede saciar. No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales : la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano.
3. Aquí, como en todo Brasil, hay muchos jóvenes, ustedes tienen una especial sensibilidad ante la injusticia, pero a menudo se sienten defraudados por los casos de corrupción, las personas que, en lugar de buscar el bien común, persiguen su propio interés. A ustedes y a todos les repito : nunca se desanimen, no pierdan la confianza, no dejen que la esperanza se apague. La realidad puede cambiar. Sean los primeros en tratar de hacer el bien, de no habituarse al mal, sino vencerlo. La Iglesia los acompaña ofreciéndoles el don de la fe en Jesucristo, que ha «venido para que tengan vida en abundancia» (Jn 10,10).
Hoy digo a todos ustedes, y en particular a los habitantes de esta Comunidad de Varginha : No están solos, la Iglesia y el Papa está con ustedes, en las peticiones de ayuda en las dificultades y el deseo de consuelo en los momentos de dolor y sufrimiento. Todo lo encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora de Aparecida, la Madre de todos los pobres del Brasil, y les imparto mi bendición.
(RC – RV)

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